El Lobizón:
La Maldición del Séptimo Hijo y el Mito que Cambió la Ley

Si hay una leyenda que ha calado hondo en la sociedad argentina, al punto de influir en las leyes del Estado, es la del Lobizón.
A diferencia del hombre lobo europeo (el Werewolf), que es mordido por otro, nuestro Lobizón nace con su destino marcado. Es una condena de sangre que recae, fatalmente, sobre el séptimo hijo varón seguido de una familia.
Esta creencia estaba tan arraigada en la inmigración europea y el criollismo, que muchas familias rurales sacrificaban o abandonaban a sus séptimos hijos por miedo. Para detener esto, el Estado argentino instauró por ley el Padrinazgo Presidencial: el Presidente de la Nación se convierte en padrino del séptimo hijo varón para “romper el hechizo” y asegurar su protección.
¿Cómo es la Transformación?
La leyenda cuenta que la maldición se activa cuando el joven entra en la pubertad. La transformación ocurre los viernes a la medianoche, especialmente si hay luna llena.
El joven siente un malestar incontrolable, sale al campo, se revuelca en la tierra (o sobre la ceniza de un fogón, según la zona) y se transforma.
Pero ojo, el Lobizón criollo no es siempre un lobo estilizado. A menudo se lo describe como:
Un perro negro enorme y desproporcionado.
Un chancho (cerdo) con pelo de perro y pezuñas.
Una criatura híbrida con orejas grandes que le caen sobre la cara y ojos de fuego.
¿Qué hace el Lobizón?
El Lobizón no siempre mata para comer (aunque puede atacar gallineros y ganado). Su comportamiento es más bien errático y profano. Se dice que vaga por los cementerios para escarbar tierra de tumbas, que come excrementos y que ataca a los perros de las estancias.
Si un perro le ladra al Lobizón, suele desaparecer o aparecer muerto al día siguiente. La bestia recupera su forma humana al cantar el gallo o al amanecer, apareciendo el hombre desnudo, sucio y exhausto, sin recordar nada de lo sucedido.
¿Cómo se mata o se cura?
El “chisme” del campo dice que las balas comunes no le hacen nada; solo lo lastiman, y al día siguiente se puede reconocer al maldito porque el hombre tendrá la herida en el mismo lugar que la bestia.
Para detenerlo, se necesita una bala de plata o un cuchillo bendecido en forma de cruz. Pero la tradición dice que no hay que matarlo, sino “pasmarlo”: si le tiras un objeto de metal o le gritas su nombre humano mientras es bestia, la transformación se rompe y vuelve a ser hombre.
Conclusión: Un Mito Vivo
Aunque hoy parezca una historia de cine, el miedo al Lobizón fue una realidad tangible para nuestros abuelos. El decreto de Padrinazgo (Ley 20.843) sigue vigente, recordándonos que en Argentina, la frontera entre la política y la mitología es, a veces, tan difusa como una noche de luna llena.





